30 de noviembre de 2009

¿Amor al fútbol o a los futbolistas?


Existen mujeres que odian el fútbol. Hay unas pocas que lo aman pero sin la pasión que palpita en el común de los hombres. Hay otras a las que les es tan indiferente que apenas han visto a los astros del momento en comerciales de máquinas de afeitar y otros enseres domésticos. Y hay mujeres que aman, adoran, a los futbolistas.

No al fútbol sino a los futbolistas, que quede bien en claro. Los aman, adoran, pero nunca (jamás de los jamases) idolatran. Porque lo que estas distinguidas damas persiguen es el bolsillo, billetera, tarjeta de crédito, cuenta bancaria, testamento, cual férreos defensores que no le quitan la vista al balón.

Top model, miss mundo, actriz, cantante o simple y entera belleza, estas chicas saben lo que quieren; aunque muchas veces la mirada de deseo tenga sentido inverso. Porque es bien sabido que más que el auto de lujo y la ropa de marca, el mejor adorno de todo pelotero es su compañía femenina.

“El futbolista y la modelo” podría titularse la fábula moderna de esta sociedad de machos de pantalones cortos y piernas torneadas; y de ladies de bragas aún más cortas y piernas largas, larguísimas, que han sido atadas por ese arquero alado, sin guantes ni el número “1” en la espalda, que se hace llamar Cupido.


Acaso el emblema de estos pares sea el de Sir David Beckham y la Reina Victoria (¿alguien recuerda su apellido a estas alturas?). Pero no es la única glamorosa ya que, como bien indica el blog Fashion Total, la lista es larga como limosina.

El matrimonio Shevchenko-Pazik une a un goleador de grandes ligas con una esbelta figura de las pasarelas. La pareja Buffon-Seredova está conformada por un golero mundialista y una modelo de talla, y medidas, mundiales. Y así sigue la interminable lista de conquistas que encandilan a ambos sexos (y a ese también).

Pero, ¿cuánto es amor y cuánto conveniencia en estos dúos? ¿Acaso son tan encantadores los futbolistas cuando escupen al césped y dan declaraciones monosilábicas? ¿Es el factor físico el condicionante y el pegamento inquebrantable de estas relaciones amorosas? ¿Puede ser verdad tanta belleza?

La película “Rudo y Cursi”, interpretada por un matrimonio basado en la amistad (Gael García Bernal y Diego Luna) es una parodia a estas encantadoras situaciones (éxito en el fútbol, éxito económico, éxito con las mujeres) que terminan en un catastrófico baño de realidad tan cruel como divertido.
No harían mal las jóvenes promesas del rey de los deportes en ver esta película y tomar nota, no vaya a ser que la ficción los sorprenda en su camino ascendente por la fama; que ya la realidad hace un par de años le dio un golpe al francés Thierry Henry cuando se divorció de su modelo-esposa.

Por la misma situación han pasado el astro de astros Diego Armando Maradona, los brasileños Ronaldo y Romario; el alemán Oliver Kahn y el italiano Francesco Totti (y si creían que no había website dedicado a ellos se equivocan: Ver “Balones y tacones”), quienes ya saben lo que es perder algo más que un gol cantado.

Seguramente si la profesión de abogado fuera más mediática habría una lista de los leguleyos enriquecidos a causa de estas separaciones. Me pregunto si así es como habrán iniciado todos esos elegantísimos bufetes de abogados de estatuas de mármol en las salas de espera, sillones de cuero y mesas de caoba.

Lo único que falta es que, en la vida real, el papel del “Cursi” (aquel romántico goleador de liga mexicana, cuyo sueño no era el fútbol sino “la cantada”) lo jueguen estos profesionales de saco, maletín y corbata. Seguro que igual les dedicarán algún website.

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14 de noviembre de 2009

Vilamanías


Hay que estar realmente loco, o maniaco, o desesperado, o lúcido en lo ilusorio, o iluso en lo alucinado, para escribir muchos de los libros que Enrique Vila-Matas ha escrito. Excluyo de esta relación la palabra genio porque la novela breve que acabo de leer es “Extraña forma de vida” (Anagrama, 1997).

Lo que quiero decir es que por muchas de sus obras Vila-Matas puede ser llevado al parnaso literario más selecto de la historia, por otras tantas puede convertirse en un narrador de culto o en un filósofo de bolsillo de los tiempos modernos (aunque lo más probable es que el grueso de su literatura lo declare como un escritor extravagante).

Pero lo que en realidad quiero decir es que “Extraña forma de vida” es un libro raro, alejado de sus experimentos creativos (“La asesina ilustrada”), sus juegos metaliterarios (“Bartleby y compañía”) y sus reflexiones de reflexiones de reflexiones (“París no se acaba nunca” o la misma “El mal de Montano” que tiene de todo un poco).

Y, claro, no es su mejor libro. Tampoco el más arriesgado. Ni el peor de todos. Acaso una inclasificable historia que penetra en su mundo (vilamatiano, pseudo-kafkiano) y que, cronológicamente, antecede a la galardonada “El viaje vertical” (Anagrama, 2000) y de su trilogía que no necesita presentación.

“Extraña…” es una novela extraña, obsesiva, plagiaria hasta cierto punto de vista; desarraigada, digresiva y hasta cierto punto digamos que inconsecuente con la palabra novela. La historia tiene uno de sus ejes principales en una conferencia que prepara el narrador. A partir de ahí, el argumento se dispara y se suicida.

Y sin animarme a contar la historia en sí misma, solo diré que entre sus páginas pueden convivir personajes como: un niño ensimismado, un espía venido a menos, una mujer distante y un narrador que en todo lo que contempla encuentra un abismo meditativo que lo lleva a un recuerdo y de este a su reacción ilógica.

¿Qué más? Que se trata de un libro maniático, que tal vez complazca a quienes se dejan llevar por las manías de un escritor que convierte una historia de espías y romances en un ensayo ficticio, melancólico y, en más de una ocasión, divertido. Algo que solo Vila-Matas logra con tanta facilidad, aunque recurra a una estrategia consabida.

Definitivamente, no es un libro para iniciados en el devenir irracional de su autor. Puede que sus cultores, que los hay bajo las piedras y en congresos de literatura, decidan ignorar la bisutería para releer una y otra vez sus grandes joyas, pero “Extraña forma de vida” es un libro que se tiene que leer y, sobre todo, intentar entender.

No es fácil, pero es un libro de tránsito hacia las consagraciones de un autor complejo aunque delicioso, que parece esforzarse en cada libro por asombrarse así mismo (tal vez lo logra) y por sorprender a sus lectores (y aquí no hay tal vez que valga). El saldo: una novela que solo él puede escribir y que muy pocos puedan soportar.

Una última pregunta: ¿Son tan raros los escritores? Yo creo que sí, no hay manía más extraña que la de escritor, salvo la de vivir como muchos de ellos, pensar como los más obsesivos que ha parido la humanidad y derrochar páginas y páginas (y horas y horas; y noches tras noches) hasta encontrar la forma perfecta de vida: la escritura.

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3 de noviembre de 2009

Fogatas


Danny Mann se sentaba detrás de mí en el colegio, en el último asiento de la fila del extremo derecho. Contrario a lo que sugiere su apellido, no era alemán, más bien era morocho, aunque no tanto para ocultar sus gruesas cejas que siempre me hacían reír por la forma en que las retorcía. A su izquierda se sentaba el dientudo Gerardo Ávila, un psicópata escolar en cuya sonrisa maliciosa se asomaban dos filudos colmillos.

Estudiábamos en un colegio religioso en el cual, en los últimos tiempos, habían reemplazado a las monjas profesoras por maestros rufianes que creían estar en un cuartel militar. Mann era hijo de un distinguido ingeniero civil cuyo nombre se podía leer en los edificios más altos del país y tenía un hermano mayor que un día, de repente, decidió abandonar el quinto de secundaria para convertirse en pintor callejero.

Nos hicimos amigos cuando él encontró en mí un sujeto de confianza, alguien a quien podía hacer cómplice de sus pillerías y que podía cuidar sus espaldas incluso a riesgo de las suyas propias. El dientudo Ávila se nos unió después, y juntos formamos una banda irreverente y desfachatada, donde Mann era nuestro líder, Ávila el ejecutor de las misiones y yo el perro guardián que vigilaba. Así fue como empezaron a llamarme ellos: ‘El Perro’.

Ellos destacaban mi habilidad para los insultos, para la burla justa y despiadada, mi invectiva verbal. Yo admiraba de Mann su temeridad para ejecutar las hazañas más peligrosas y el desparpajo con que afrontaba los castigos de los profesores. De Ávila temía a su insania que a ratos parecía apoderarse de él, como un demonio enfebrecido e incontenible que en más de una ocasión nos llevó a situaciones extremas.

No hablaré de las pequeñas travesuras, de los golpes menores que dimos, sino de cuando empezamos en el vandalismo en serio, cuando retamos a los profesores o cuando, en sus ausencias, actuábamos como tres revoltosos dispuestos a causar los peores disturbios, a llamar la atención con nuestro anarquismo itinerante que se paseaba destruyendo libros, arrojando mochilas por las ventanas y apilando las carpetas en trincheras de combate.

Como el colegio afrontaba una huelga de profesores, casi en la mayor parte del tiempo estábamos sin clases, dando rienda suelta a nuestras mentes perversas. Así fue como empezamos a pintar graffitis con tiza en las paredes del salón, a inundar los baños y a robar los crucifijos que colgaban de lo alto de todos los salones de clase. De nuestro pandillaje no se salvaban ni las Biblias ni las ventanas que rompimos más por descuido que por maldad.


Fue Mann quien nos enseñó a hacer fogatas. Un día, en una botella de gaseosa trajo un líquido blanco y vaporoso que esparció por el suelo de mayólica del aula. Luego prendió el extremo del charco con un encendedor y repentinamente se erigió una línea de fuego que todos celebramos y ayudamos a avivar con todo tipo de papeles. Mann sacó de su mochila una cajetilla de cigarros y prendió uno donde llegaba la llama más alta, contorsionando sus cejas en señal de triunfo.

Al principio fueron líneas de fuego cortas, pero antes de que nos diéramos cuenta eran franjas de seis metros de largo que llegaban casi hasta la pizarra, donde un profesor distraído escribía las lecciones sin darse cuenta de lo que ardía a sus espaldas. Ávila y yo nos encargábamos de acallar al resto de los alumnos que observaban admirados el espectáculo flamígero, amenazándolos con quemarlos vivos en la siguiente fogata.

Del taller de su hermano pintor, Mann extrajo tubos de aerosol que luego utilizaba como sopletes. Tomaba un sorbo de licor, lo escupía al cielo y sobre él disparaba el aerosol, formando bolas ardientes que iluminaban fugazmente el aula. El dientudo Ávila era uno de los más entusiastas con las argucias pirotécnicas, al punto de desarrollar otros métodos como los gases flameados, los eructos de fuego y las antorchas humanas, utilizando los pasadores humedecidos en alcohol como mecheros de los alumnos despistados.

Todos en el salón celebraban los atrevimientos en silencio, acaso con pequeñas carcajadas que había que contener para no advertir al profesor de turno. Cada tanto Mann nos pedía que le pusiéramos un reto mayor. Yo le dije que prendiera la fogata sobre su carpeta y lo hizo. Ávila le dijo que esperara a que el profesor se quedara dormido, algo que ocurría muy a menudo, y que la encendiera junto a la pizarra. También lo hizo.

En una ocasión pidió nuestra participación para que hiciéramos que el fuego cruzara debajo de las carpetas de toda la clase, en un acto de herejía extrema, ya que podíamos terminar abrasados por nuestra propia trampa mortal. Ávila aceptó de muy buena gana en uno de sus arrojos demoníacos y yo los seguí en el camino trazado al infierno. “Así me gusta Perro”, me dijo satisfecho, con lo que pasé de sabueso a cancerbero.

Ese día la fogata se convirtió en nuestra hoguera. O mejor dicho en la de Mann, quien tuvo que afrontar las consecuencias de esconder en su mochila aerosoles, botellas con ron de quemar, encendedores y fósforos en lo que era el arsenal de un experto piromaniaco; cuando el fuego hablaba por sí mismo. Se había hecho tan intenso que solo fuimos capaces de controlarlo cuando alguien trajo el bidón de agua de la enfermería y lo vació por completo. Las patas de las carpetas estaban negras y el olor a plástico quemado de las mochilas era insoportable.


Al día siguiente, Mann llegó al colegio a mediodía, estuvo un par de horas en la oficina del director con sus padres y, durante la clase de sicología, se asomó a la ventana de nuestro salón para despedirse de mí. “Chau Perro, me expulsaron”, me dijo con la simplicidad de quien va a la vuelta de la esquina. Supongo que quería agradecer mi lealtad, aunque yo siempre pensé que lo traicioné cuando no me culpé en su lugar.

Ese año fue el más difícil para mí. Desaprobé varios cursos, hice clases de verano y estuve a punto de repetir de grado. Ávila se convirtió en mi peor enemigo, cada vez que se acercaba a mí me lanzaba un golpe traicionera y sistemáticamente. Se burlaba con su risa estruendosa que tantas veces fue originada por una ocurrencia mía. De pronto todos empezaron a buscarme pleito, como si con Mann se hubiera ido mi protector. Me dieron palizas realmente muy duras.

En lo que a mí respecta, el colegio perdió todo interés y cuando acabé la secundaria hice todo lo posible para alejarme de mis antiguos compañeros, para desaparecer de la memoria colectiva de todos ellos. No participé en las fiestas, no hice el viaje de promoción ni recogí mi diploma en la ceremonia de graduación. El Perro nunca había existido, simplemente incineré todo rastro, toda prueba de su existencia.

En los veranos siguientes, cuando iba de campamento a la playa con mis nuevos amigos, era yo el que se encargaba de encender las fogatas. Y mientras todos abrazaban a sus novias, con el calor del fuego abrigando sus pies, yo abrasaba los recuerdos quemados de mi época escolar. Entonces cogía un cigarro, lo encendía sobre las brasas y me iba a caminar antes de que las llamas se convirtieran en cenizas.

Durante el invierno me quedaba encerrado en casa viendo la televisión por horas. Y cuando los noticieros transmitían algún incendio provocado por causas del todo desconocidas, no me imaginaba una chispa espontánea, una falla eléctrica o una vela prendida abandonada cerca de las cortinas. Yo me imaginaba al viejo Mann haciendo de las suyas, con un aerosol en la mano y las cejas bailando de perversa felicidad en su rostro.


Lima, mayo de 2008

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27 de octubre de 2009

La Sarita en concierto: Sonido ancestral-contemporáneo


Rock electro-tropical. Música moderna y popular. Sonido ancestral-contemporáneo. No hay una sola palabra para definir la música de La Sarita sino un dúo de sustantivos, un binomio adjetival (o una mezcla de ambos) que se estrella en los límites de la definición de conceptos.

“Toro llega en camioncito, torero listo está,
toda la gente está esperando la corrida ya.
Patascas y cervecitas, entra la procesión
un danzante baila y se trepa en el arpa con agilidad”.
(“Fiesta de Aucará”, Mamacha Simona).


El ritmo de La Sarita es carnaval puro. Andino y selvático. Es fusión pero también es tradición. Es fiesta y denuncia. Es el violín andino lamentándose en el mentón de un ejecutor vestido de colores. Es el brinco acrobático de los danzantes de tijeras de mirada triste. Es la flauta de jilguerillo selvática amplificada en la urbe.

“Cóndor solito que triste estás
buscas tu nido para descansar
pero descubres un manto de cenizas en su lugar.
Roja montaña que lloras también
llanto de almas que habitan tu ser
frío clamor, canto triste, esperanza de un renacer”.
(“Otra vida”, Mamacha Simona).


Es el rock del nuevo Perú interpretado por una vieja banda (12 años juntos y varios más en otros grupos) que mantiene la vitalidad en la performance de Julio Pérez (vestido de guachimán, con un sombrero de pana o una máscara tribal), más identificado por sus saltos, bailes y contoneos que por la coronilla de calvicie oculta en su melena.

En la tarima apretujada de La Noche, La Sarita le canta a la Mamacha Simona, al club de fans, a sus familias (mamás, tíos y sobrinas), a los gringos de las primeras mesas (ver la letra de “Maldito brichero”) y a quienes más se identifican con el boom trópico-andino-urbano-popular que ha invadido al Perú.

“A San Francisco vamos a llegar
el peque-peque bamboleando va
flauta y guitarra inventan un son
una de Juaneco mira qué vacilón”.
(“Dame tu cocona”, Mamacha Simona).


Claro, La Sarita es precursora de estos bailes de pollada, del sentido homenaje a los chicheros, de dedicarles sus letras a los engañados en un vals, a las amas de casa sentadas frente a la televisión, a los VIP de perfil estirado y a la burocracia enferma de poder y de muerte, de la coima bajo la mesa y la ignorancia.

“Siento que la cultura de la muerte nos domina
no es casualidad, es parte de la estrategia
un mundo deprimido es fácil de manejar
pues el negocio está en vender felicidad”.
(“Mamacha Simona”, Mamacha Simona).


En vivo, La Sarita es una banda con botas de escalar, soles incaicos dibujados en el pecho, con Julio Pérez usando un guante multicolor, Henry Condori, un ayacuchano arpa en hombros, Dante Oliveros en un cajón haciendo de percusionista multifuncional, y Renato Briones al bajo y repartiendo tickets en la entrada.

Y en su puesta en escena hay ritos nativos, parodias presidenciales, duelos de danzarines, letras altisonantes y el público encendido como un inconciente colectivo en el chillido del wayno final que despide al grupo en aroma de clamor popular. El poder de La Sarita está en las raíces sonoras del Perú.

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13 de octubre de 2009

Tarantino y Pitt: la gloria compartida


¿Qué resultado puede producir la combinación de un director que va de camino a convertirse en un cineasta de culto, si no ha llegado ya, y un galán de Hollywood que empieza a protagonizar personajes de un verdadero actor multifacético? La respuesta es una sola: gloria taquillera.

Quien no ha ido al cine a ver “Bastardos sin gloria” por los fuegos artificiales de los filmes ultraviolentos de Quentin Tarantino, venido a menos con “Kill Bill” pero entronado con sus clásicos “Pulp fiction” y “Reservoir dogs”, lo ha hecho movido por las actuaciones cada vez más camaleónicas del exitoso Brad Pitt.

Lo cierto es que esta película tiene ingredientes de taquillazo (actor guapo, director venerado, película de nazis y guión de acción), pero ¿alcanza para convertirla en el mejor film del excéntrico Tarantino? ¿Para ser la mejor interpretación de Pitt, quien antes se lució como Jesse James o como el delirante Tyler Durden en “Fight club”?

En el primer caso, es difícil de creerlo, en especial porque quienes han podido seguir los filmes de un devoto de los spaghetti western, un fanático de los samuráis de las películas de kung fu, un seguidor de las cintas de serie B y un esteta de la violencia explícita, pueden coincidir en algo: Tarantino está en una búsqueda.




Y esa búsqueda no acaba con “Inglorious bastards”, ni se consagrará con la tercera y cuarta parte de la manida saga de “Kill Bill”, aunque haya rozado la gloria en las primeras películas que cada vez se hacen extrañar más. Pero en el tránsito le ha permitido hacer una parada en interesantes experimentos como “Sin City” y “Death Proof”.

El caso de Brad Pitt es diferente. Su apuesta por roles que lo saquen de la casilla de niño bonito lo han llevado a trabajar con los hermanos Coen, David Fincher y Alejandro González Iñárritu, quedándose con disímiles resultados, pero con un respeto por su trabajo que espera la consagración total.

“Inglorious bastards” tiene un inicio tan sobrio y formidable que nos despierta una duda: O Tarantino ha mejorado muchísimo, o no es él quien está detrás de esto. Las primeras escenas tienen una tensión que son capaces de crisparte los nervios, sin necesidad de ríos de sangre de por medio.

Luego la película resbala por una pendiente que la hace aún mejor. El drama, la historia, los silencios, las actuaciones y la reconstrucción de una época brillan con una intensidad tal que ninguna opaca a la otra, a pesar de contar con Brad Pitt en pantalla, quien tal vez sí se lleve menos palmas que el villano de Christoph Waltz.



El coronel Hans Landa, implacable y calculador hasta que estalla en su locura; y la reservada Shosanna Dreyfus, interpretada por Mélanie Laurent, a quien Tarantino debe cuidar antes que otros directores le roben a quien podría ser su próxima Uma Thurman, son sus mejores novedades.

Pero poco a poco, Tarantino empieza a repetirse, empezando por la música, por la mujer en busca de venganza y los créditos de cómic, hasta revolverse en las matanzas sanguinarias que en su momento lo hicieron célebre, pero que a estas alturas lo hacen exageradamente predecible, en especial en un film de guerra.

Luego se vuelve demasiado Tarantino. Sus hasta entonces divertidos parlamentos se vuelven cómicos, los giros del argumento hacen que la historia pierda el rumbo con un desenlace históricamente plausible pero que nos deja invadidos por el desconcierto. ¿Quién puede creer un final así?

Sin duda, los tinos del director (y de su equipo) bastan para volverla una película interesante, sobre todo en el ámbito hollywoodense, pero no para consagraciones (Pitt tendrá que seguir buscando papeles que le impongan retos mayores). En esta ocasión, compartir la gloria los deja a los dos sin un lugar en el podio.

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2 de octubre de 2009

No me gustan los escritores

… que visten y hablan como rockeros (Lóriga) aunque sean realmente buenos.
Que salen en la portada de sus libros con sus nombres en letra extragrande.
Que escriben solo para mujeres, solo para niños o solo para maricones.
Que no tienen enemigos públicos a quienes dirigir su artillería crítica.
Que son tan jóvenes que aún no han aprendido a llorar.
Que aparecen en demasía en las páginas sociales.
Que ganan todos los premios (esto por envidia).
Que opinan todo el tiempo y de cualquier cosa.
Que son más conocidos que sus propios libros.
Que son nacionalistas o regionalistas.
Que cobran por ofrecer entrevistas.
Que publican todo lo que escriben.
Que no han leído jamás a Borges.
Que no toleran la menor crítica.
Que refutan a sus críticos.
Que sonríen demasiado.
Que adoran la fama.
Que son modestos.
Que escriben @sí.

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24 de septiembre de 2009

Contra los pornostar


De un tiempo a esta parte, le he perdido total y soberano respeto al exhibicionismo barato, a la presunción de liberalismo que profesan los homosexuales como una suerte de “evolución de la mente” y al de los gentlemen que afilan sus piropos sobre los machos cabríos del porno, al más puro estilo falocéntrico de Sigmund Freud y seguidores.

¿Por qué tanta devoción hacia los Rocco Siffredi o los Nacho Vidal? En no pocos casos inclusive se trata de admiraciones similares a las que prodigamos a Mozart o a Bach (o peor aún, a Mahler y a Puccini), a quienes no hemos oído, pero sobre quienes hacemos innumerables reverencias cuando oímos sus sacros nombres.

En otras es un respeto hacia los números (a los 30 años, el italiano había protagonizado 1,500 películas con 2,500 mujeres, aunque en estos casos la cantidad no sea una demostración de calidad); o hacia el tamaño (los gloriosos e inalcanzables 27 centímetros del español, y aquí el récord parece tan baladí como la del jamaiquino Usain Bolt).

Lo cierto es que toda admiración proviene del no entendimiento, de la atracción hacia lo desconocido o extraordinario (según Descartes, un filósofo a quien vale la pena admirar) y de allí al deseo de emulación. Quizá en esta última afirmación pueda entenderse la idolatría de los ciudadanos comunes hacia estos superhombres sexuales.

Sin embargo, esa sola razón no parece suficiente. Más aún si es que desde el lado femenino no se escuchan loas parecidas (nunca oí de una mujer que contemple fascinada a una pornostar, aunque sí hay quienes se rinden al talento contorsionista y la resistencia de estas verdaderas sex symbol).

Ahora, que una mujer celebre el acontecimiento de una encumbrada erección puede que se entienda. Pero que lo haga un joven en pleno uso de sus facultades sexuales, me parece simplemente triste, como cuando un novato gimnasta se queda anonadado ante la desarrollada e incómoda musculatura de un sudoroso físicoculturista en mallas.


Me atrevería a afirmar, sin estudio científico que me respalde, que deben ser pocos, poquísimos, los hombres que han resistido más de escasos minutos frente a una triple X, y que además se hayan podido fijar con rigurosidad en las maneras y aptitudes de los actores porno sin distraerse con las bondades físicas de las dotadas actrices.

Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿Qué podemos ponderar los hombres en estos individuos que, como se sabe, están actuando en todas y cada una de sus altisonantes presentaciones? Es lo mismo que envidiar la equilibrada conducta de un psicólogo sin saber si él mismo no necesita de una terapia para poder ser feliz en casa.

Claro, cualquiera podría decir: “Me gustaría estar en su lugar”, para poder disfrutar de tan exuberantes mujeres dispuestas a cumplir las fantasías de los sicalípticos guionistas y directores. Pero, repito, eso no es admiración sino pura y sana envidia. Como dice Charly García, es el deseo que todos tenemos de ser otros una vez en la vida.

Curiosamente, los mismos pornostar se han asegurado la codicia de los prójimos en entrevistas, aunque más de uno se pregunte ahora si estaría dispuesto a hacer del placer un trabajo o, lo que es lo mismo, a comportarse con profesionalismo donde el resto se entretiene sin más moderaciones que los límites propios de la anatomía regular.

Y ya para seguir con las preguntas: ¿Son en realidad tan viriles estos machos que se vanaglorian de sus apéndices reproductores? ¿O son como esos engalanados personajes que necesitan comprarse el auto más lujoso y el reloj más grande para compensar otras pequeñeces? ¿De qué adolecen estos actores esclavos de su cuerpo-máquina?

No digo que estar bien dotado sea poca cosa (eso le corresponde en todo caso a las damas), pero no sé hasta qué punto pueda ser objeto de orgullo entre señores. Hace poco le escuché a un muchacho que veía películas porno decir que tenía sus actrices favoritas. Pregunto una vez más: ¿Qué sentido tendría que tuviera actores favoritos?



Hace un tiempo apareció una encuesta que señalaba que las damas son también grandes consumidoras de pornografía. No hablamos de edulcorados filmes eróticos, sino de películas crudas y explícitas. El estudio señalaba incluso que el estímulo es similar al masculino, llegando a la excitación en tiempos similares (11 minutos).

Las cifras son contundentes: en Estados Unidos unas 13 millones de chicas miran XXX en Internet al menos una vez al mes. Pueda que a partir de esta inhibición femenina los actores superhombre alcancen mayor popularidad de la que ya ostentan en blogs y otros círculos selectos, pero ¿cuál debería ser su público objetivo?

Hasta donde sé, los hombres consumen este cine por las mujeres. Y viceversa. Que algunos chicos quieran repetir las hazañas de estos seres perfectos (o perfectamente estereotipados), se entiende. Pero que lleguen a ser connotadas figuras a las que haya que reservarles una mesa, es demasiado.

No vaya a aparecer por ahí algún político calenturiento dispuesto a darle los honores al vigoroso intérprete de su corto favorito (en aras de su encomiable labor), o a erigirle una maciza estatua con la seña distintiva de su arte. Bastan los festivales eróticos que los tratan cual dioses y los periodistas que les dan lata fotografiándolos en batas de seda.

Si ya los mochicas demostraban en la antigüedad su fascinación ante el portento masculino tamaño king size, perpetuándolo en un huaco (disfrazando ese estupor bajo el científico recurso de la fertilidad), no es de extrañar que aquella devoción continúe siglos después. Una muestra más de lo necesitados que estamos de verdaderos héroes.

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18 de septiembre de 2009

Delatores


De un tiempo a esta parte, la historia de mi país ha cambiado del único modo en que puede cambiar un país: radicalmente. Todo empezó con una cámara fotográfica, un personaje de la farándula en un lugar indebido y un programa de chismes por televisión preparado para embarrar la honorabilidad de ese individuo amigo de la noche.

Como era de esperarse, la noticia devino pronto en escándalo periodístico, en portadas de diarios sensacionalistas y en una disputa legal por difamación de las tantas que van a parar al archivo del Poder Judicial; allí donde duermen los expedientes sin rostro. Todo iba, como se suele decir, de lo más normal, hasta que un día sucedió.

Un desubicado juez abrió el documento, lo leyó y, en menos de lo que tarda el planeta en completar la fase de traslación, declaró culpable al acusado, a quien sentenció a seis meses de arresto domiciliario. Posteriormente, el mismo juez rechazó la apelación del agraviante, condenándolo a prisión efectiva por incumplir la pena anterior.

En resumen, el sentenciado debió pagar por sus culpas, algo que resonó aún más que el escandalete del figurín televisivo, originando una ola de reacciones de lo más variopintas. Piadosos que fueron a dar una voz de aliento al castigado, críticos que arremetieron furibundos contra el caído en desgracia, crueles que se relamieron con el dolor ajeno, analistas que no cesaban de llenar columnas de opinión con comentarios sobre el tema.

Pero el asunto no quedaba ahí, puesto que el caso trajo a colación otros juicios por difamación, injuria, calumnia y agravio cuyos acusadores se aproximaron hasta el fuero civil demandando la misma celeridad para con sus procesos. Ni el buen Kafka hubiera resistido tamaño delirio: pedir justicia a la Justicia y a ritmo de fast-food.


Los magros leguleyos y abogados de quinta empezaron a tener trabajo. En sus minúsculas oficinas no cabían ni la décima parte de sus clientes, compitiendo en cantidad de público puesto en ordenada y quejumbrosa fila, con aquellas oficinas de empleo que prometen encontrar un puesto al menos apto y al más flojo.

Los pequeños negocios y comercios empezaron a albergar en sus segundos pisos, en un rincón de sus establecimientos, en las trastiendas que antes fueron almacenes, a estos individuos papelucheros que, sello en mano, marcaban de esperanza las querellas demoradas por siglos. Hasta los ambulantes hicieron negocio con resúmenes legislativos y manuales para escribir cartas notariales.

El gobierno puso entre la espada y la pared al Poder Judicial, acusándolo de ególatra por su primer pronto fallo. “Ahora pues”, parecía decirle el Presidente de la República desde su cómodo sillón, viendo como las marchas y protestas se trasladaban de su puerta a la de la Corte. La balanza empezaba a inclinarse por el lado menos esperado.

Como es lógico, apareció además la primera mafia de las acusaciones. Todos tenían algo que ocultar que era fácil de hacer público y notorio. Los medios de comunicación y las tecnologías ayudaron a difuminar esa plaga de la verdad virulenta, ese enjambre de entredichos que hicieron pelear al hombre con el hombre, al hermano con su hermano.

Los delatores pasaron a ser individuos profesionales que, como tantos, vivían de lo ilícito. El suyo era un gremio reservado, por temor a las infidencias, y muy unido. No había secretos que guardar, así que la mayoría prefería las oficinas de grandes ventanas y mantener siempre las puertas abiertas a los oídos atentos.

En los periódicos, las páginas judiciales competían en grosor con las de los avisos clasificados. Se publicaban nuevas leyes y normas sobre el derecho a la privacidad, veredictos semanales, fallos, apelaciones, sentencias, columnas de habladurías, acusaciones infundadas, los últimos entredichos y hasta una sección titulada “El juicio del día” con programación incluida por TV.


Todos tenían un tío abogado, un vecino juez, una amiga demandada o un primo demandante. Estaban los que ofrecían arreglar un juicio en veinticuatro horas, los más realistas que garantizaban una considerable reducción de penas, como si se tratara de grasa abdominal, los que decían conocer jueces coimeros y, por último, los que te aliviaban los días en el encierro con fastuosidades.

Pero todo, como en las películas, tiene su final, y las acusaciones infundadas empezaron a desaparecer cuando se perdió el control. Cansados de tantas y tan tenaces protestas, los jueces mandaban a hacer penitencia a los agraviantes y también a los agraviados. Las iglesias aumentaron su clientela con no-fieles que debían reflexionar rosarios completos. Antes de ver la viga repara en tu ojo, o algo así, referían durante los dictámenes.

Los castigos se hicieron más benignos y, de alguna manera, más justos. Las malas bocas eran sancionadas con agua y jabón; mientras que muchos de los juicios pasaron a discutirse en las barras de los bares, resolviéndose como en los juegos de mesa: “Usted retrocede tres casillas”, “Pierde una oportunidad de juego”, “Ceda el turno a su compañero”.

Si usted era abogado olvídese, sus días estaban contados y las cuentas de sus servicios volvieron a estar impagas. Es cierto que la gente empezó a discutir más, pero litigaba menos. Las honras se diluían en los jarrones de cerveza y los correveidiles sucumbieron por la falta de mercado; los temas prohibidos pasaron del secreteo al debate común.

No puede decirse que pasáramos a vivir a una sociedad mejor, pero al menos dejamos de interesarnos en los pormenores mórbidos de la vida de los otros. En mi caso, como en el de muchos compañeros de trabajo, nos sentimos algo heridos por el nuevo sustantivo con el que descalificaban a nuestra humilde profesión. Los periodistas, fotógrafos y reporteros pasamos de representar la voz del pueblo a ser los tristemente recordados delatores.


Lima, octubre de 2008

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11 de septiembre de 2009

Pasión de hielo



Un inventor quiere salvar los glaciares pintándolos de blanco. Un científico norteamericano se muda a Huaraz para estudiar el hielo. Un grupo de expedicionarios, artistas y escritores viaja por el mundo documentando el derretimiento de los nevados. Todos ellos se preguntan: ¿Por qué somos tan fríos con la salud del planeta?



Por: Javier García Wong Kit
Fotografías: Ruth Anastacio V. y Andrea García W. K. (Huaraz)

En un bar sicodélico oculto en San Isidro, aguardo junto a otras cinco o seis personas el inicio de “Green Drinks”, una suerte reunión nocturna para debatir temas ambientales en medio de tragos, tapas y música lounge. La propuesta se realiza en varias partes del mundo y ha llegado al Perú en junio de este año.

De día, el LuChi Bistro es un restaurante de comida fusión muy elegante, con influencia asiática, pero de noche ofrece una cara camaleónica, que mezcla instalaciones artísticas, shows burlesque y Open Ipod DJ’s, amenizadas con coloridas bebidas frozen de frutas amazónicas y servidas en copas estilizadas.

Esta noche su apariencia es ecológica, por eso el bar está casi vacío y nadie cruza la pista de baile desértica. En una mesa, un grupo de extranjeras le dan vida al ambiente apenas iluminado por fluorescentes lilas que hacen brillar los sillones blancos. De las paredes cuelgan cuadros con mariposas disecadas y otros de motivos japoneses.

El tema es la importancia de salvar los glaciares, esas enormes y lejanas montañas congeladas que parecen no tener nada que ver con la diligente vida de las ciudades. ¿Cómo hacer para que la gente se interese por una masa de hielo que parece no guardar relación con su andar cotidiano?

Eduardo Gold tiene apellido de metal precioso pero lo que él en realidad adora son las montañas y sus nevados. Está aquí para presentarnos una propuesta de su invención que, quien la oyera pensaría se trata de un disparate: Pintar los nevados derretidos de blanco para ayudar a bajar la temperatura.


No es broma. Gold es un inventor que por años estudia los glaciares y ya antes había tenido una idea, cuando menos, cuestionable: Colocar hielo seco en los glaciares para que éste absorba el calor solar. Según sus investigaciones, se necesitarían unas 300 toneladas de hielo seco para salvar un solo nevado.

Volvemos entonces al “Green Drinks” y, una vez que Gold ha encendido el proyector para mostrarnos un video en el que explica el progresivo derretimiento de los hielos elevados, se oyen algunos cuchicheos. Un hombre sentado a la mesa del anfitrión trata de controlar un bostezo. Otros ríen de un chiste privado. Una mujer inclina su copa de vino.

Miguel Flores escucha atentamente a su amigo Eduardo Gold, con una mano sosteniendo su quijada y sus dedos extendidos sobre su mejilla. En la cabeza lleva una boina que oculta una calvicie victoriosa y varias canas largas y rebeldes. Carga al cuello una cámara fotográfica que no tardará en disparar. Es un artista, me dice.

Cuando la proyección acaba empieza la ronda de preguntas. Una joven chilena, ingeniera química de profesión, quiere saber lo que costaría pintar todo un nevado. Otro cree que la pintura contaminaría el glaciar que luego será agua para la población. La misma chilena interroga a Gold sobre los antecedentes del experimento.

El inventor de la ONG Glaciares Perú absuelve las preguntas incrédulas una por una: 900 dólares por hectárea y 600 más en mano de obra. Como la pintura es de cal antiséptica, es inocua y se podría producir en el mismo lugar donde está el glaciar para generar puestos de trabajo.

Flores dispara un flash y Alex Rosenberg, el anfitrión de la noche verde, interrumpe el diálogo para dar paso a otra ronda de bebidas. Desde quién sabe dónde suben lentamente el volumen de la música y todos vuelven a sus tragos como si nada de esto fuera real, como si la película hubiera terminado.

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La Universidad Católica del Perú debe ser la institución que vive mejor el “clima de cambios” que ha producido el calentamiento global. El campus está invadido de tachos de basura segregada y mensajes en pancartas que promueven el reciclaje y proponen un estilo de vida menos consumista.

Hasta aquí llegaron diversos científicos norteamericanos, autoridades locales y otros interesados para participar en la conferencia-taller internacional llamada “Adaptándonos a un mundo sin glaciares”, un título apocalíptico que va muy acorde con la visión de la mayoría de los especialistas.

La conclusión de estas largas ponencias es tan simple que le quita todo dramatismo al asunto: los nevados se están extinguiendo irreparablemente. Muchos glaciólogos actúan con la misma disposición de aquellos doctores que van a visitar a los enfermos terminales para decirles cuánto tiempo les queda de vida.

Los pronósticos, por fatalistas que sean, no encienden al auditorio: para el 2021 la temperatura subirá tres grados en promedio, una variación que no se había registrado en tres mil años. Para el 2030 la escasez de agua originará una crisis mundial. Para el próximo año se alcanzará una cifra record de calentamiento en el planeta.

Se ha hablado de la lenta muerte del agrietado casquete glaciar Quelcaya, en Cusco. Se han recordado las nieves del Kilimanjaro que describió Ernst Hemingway, y que están a un paso de la desaparición. Se ha despedido anticipadamente al nevado Yanamarey, que en cinco años será una fotografía, y se ha hecho un réquiem por el Broggi, agotado el 2005.

Después de las primeras tres exposiciones se propone un receso. Todos pueden degustar un café para entibiarse del tímido invierno limeño, que alterna cielos intensamente blancos con otros soleados. Algunos se desperezan en sus butacas mientras otros salen raudos del auditorio por aquella cafeínica promesa.

Afuera, sociólogos, investigadores y otros estudiosos de la casa se reúnen para departir con los estadounidenses y los demás invitados sobre tanto desastre natural, tanto caos y destrucción. Todos beben alegres en vasos de poliestireno que van a parar en el único cesto de basura sin segregar.

¿Nos importa en realidad el calentamiento global o es una moda para aparentar que somos responsables, para demostrar que estamos bien informados, para sorprender con aquella cifra impactante que nadie conocía? Y si así fuera, ¿nos interesa el bienestar de la Tierra en sí misma o el de nosotros?

Si los tomadores de decisión discuten del tema en medio de carcajadas, arrojando sus vasos contaminantes y cotidianos sin reparar en dónde, ¿qué podemos esperar del resto de la gente? ¿Alguien se toma en serio la salud del planeta? Las anfitrionas nos piden regresar. Yo bebo el último trago de mi café y lo dejo culpablemente sobre una mesa.


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Las agencias de turismo están ofreciendo cruceros hacia la Antártida para inexpertos aventureros. Los centros de esquí están cubriendo con lonas asfálticas las cumbres empinadas para conservar el hielo deslizante. Los científicos están creando nieve artificial y los empresarios construyendo pistas de hielo para patinaje donde hace calor.

Jugar con hielo parece ser un entretenimiento para quienes pueden usarlo en lugar del agua de los carnavales. O para quienes tienen la sangre fría, o no se han puesto a pensar en lo que la irradiación solar y la contaminación hacen en el ambiente. Los glaciares son quizá las primeras víctimas de este fenómeno llamado Calentamiento Global.

Los recurrentes ejemplos de que la Cordillera Blanca está a punto de perder su adjetivo, o que los famosos Alpes ya no son los distinguidos caballeros suizos de cuello blanco, no sacuden las aguas. Quienes han viajado a Huaraz y han visto el Pastoruri seco y rocoso vuelven a Lima momentáneamente indignados. Y a otra cosa.

Ana Cecilia Gonzales Vigil es fotógrafa y a inicios de año fue contactada por Cape Farewell, un grupo de científicos y artistas expedicionarios que desde el 2003 ha viajado hasta los confines de la Tierra para, como el coronel Aureliano Buendía, conocer el hielo. O lo que de este queda.

De la mano de su fundador, el diseñador y cineasta David Buckland, Cape Farewell ha reunido a músicos, fotógrafos, escultores, escritores, artistas visuales y activistas por la ecología, entre los que se encuentran el galardonado novelista Yann Martel y el reconocido Ian McEwan.

Han llegado hasta el Ártico y Groenlandia para dejar su huella creativa (un mensaje escrito en hielo, una estatua humana) y traer de ella una lección a través del arte. Las fotos y documentales capturados en esos gélidos parajes han sido presentados en galerías y museos de Alemania, Estados Unidos, España, México y el Reino Unido.

Este año, los expedicionarios llegaron al Perú para cruzar la Cordillera de los Andes e internarse en la amazonía. El resultado fue un recorrido por la biodiversidad y el cambio en los ecosistemas que están produciendo el calentamiento global y la propia mano “productiva” del hombre.

Sentada en un café de una galería barranquina, Ana Cecilia Gonzales Vigil me dice que fue una experiencia fascinante de tres semanas, que tuvieron que andar por trechos con el lodo hasta las rodillas, adentrándose en la selva virgen con todos los equipos de filmación y fotografía al hombro.

Partieron de la ciudad del Cusco, con rumbo a Wayqecha, en donde atravesaron su bosque nublado. Luego se detuvieron en un campamento en Tres Cruces, siguieron por la Trocha Unión hasta San Pedro, alcanzando los tres mil novecientos metros para luego descender por la espesura de la selva.

Caminaron hasta la provincia de Atalaya, en Pucallpa, y de ahí continuaron hasta el Manu, y su reserva, junto al cauce del río Madre de Dios, para descansar por breve tiempo en la Estación de Investigación Los Amigos, antes de pasar por Laberinto, Puerto Maldonado y, finalmente, Tambopata.

El 12 de julio, en la bitácora virtual que llevaban con el Twitter, escribieron: “Tantas mariposas, monos aulladores, arañas enormes, ardillas gigantes”. Y luego ese mismo día: “Cadáver fétido no identificado, renacuajos, sapo grande, lagarto verde, rana diminuta, una mujer que odia a los guacamayos”.

Pero lo que Ana Cecilia Gonzales Vigil recuerda es el techo de sombra producido por los árboles, el calor agobiante de más de 35 grados, los pantanos, los árboles flacuchos de apenas diez centímetros de diámetro y esa sensación de sentirse tan pero tan pequeña en la inmensidad de la naturaleza y su reino.

Lo que quizá no quisiera recordar son los escampados donde la selva desaparece por las explosiones de las compañías que están buscando petróleo. Eso y la comprobación de que el cambio climático ya se vive en los suelos amazónicos. “Hay especies que están migrando a mayor altura, en busca de temperaturas más altas”, me dice.

Las plantas se acondicionan a nuevos tipos de tierra, nace una nueva generación de árboles, con otro clima y ambiente, miles de mosquitos desaparecen quizá para siempre, algunos pájaros cambian de árboles y de entorno. Ana Cecilia cree entender poco de ecología, pero ha visto y sabe más que cualquiera.

“Las mariposas adoran nuestras medias. Los monos se cagan frente a nosotros. Ha sido el mejor día”, escribieron ese mismo día, el último en la jungla, no sin antes descubrir las aguas oscuras del río contaminadas de mercurio, esas aguas que alimentan plantas, animales y personas.

Entonces la fotógrafa me revela algo que me deja pensando: “Los científicos dicen que la cantidad de mercurio es más alta en las especies que se han alimentado de otras que lo ingirieron primero”. Es decir, estamos frente a una cadena de enfermedades imparable como bola de nieve.

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Fritz Berger, ese personaje de la antiayuda que publica sus recomendaciones en la revista Etiqueta Negra, dice que hay que disfrutar del calentamiento global, y aconseja no lavar los autos porque el desorden climatológico proporcionará una serie de lluvias permanentes que harán la tarea por usted.

También dice: “Pierda el miedo a la naturaleza. El impacto del clima es más rotundo en los seres indefensos como los animales”, y añade que, en el futuro, todos tendremos vista al mar por el deshielo que está aumentando el nivel de los océanos hasta tenernos rodeados. El socialismo ecológico.

¿Estamos irremediablemente condenados al deshielo que ya es tiempo de tomarlo con resignado humor? Para Jorge Recharte, director del Instituto de Montaña, no hay vuelta atrás para los glaciares, solo nos queda analizarlos para saber cuánto más resistirán.

“Para el 2030, todos los nevados que estén a menos de 5,500 metros en el Perú van a desaparecer. Ya lo estamos viviendo cuando pasamos por Ticlio, por ejemplo. Y esos nevados son los que alimentan a Lima”, dice empleando mapas, dibujos y animaciones por computadora que explican entretenidamente algo que no es divertido.

Durante casi un año, el fotógrafo de Nacional Geographic, James Balog, retrató el envejecimiento y derretimiento del glaciar Mendenhall, en Alaska, condensando en un video de 1,10 minutos el retroceso de los hielos, como parte de su estudio gráfico Extreme Ice Survey, para el que utilizó 27 cámaras.

En julio, el científico norteamericano Lonnie Thompson, el más prestigioso glaciólogo, quien no cree en poner espejos que reviertan los rayos solares o sombrillas para ocultar a los nevados, viajó con un grupo de científicos hasta Huaraz para estudiar los hielos sobrevivientes, capa por capa, en busca de una respuesta.

“Lonnie Thompson está tratando de entender los climas del mundo a través de los glaciares. Es como si una biblioteca se estuviera incendiando y él quisiera salvar los últimos libros”, explica Recharte quien, por otra parte, tampoco cree en esos inventos salvadores que buscan rejuvenecer las cumbres de hielo.

Según el Premio Nobel de Física estadounidense, Steven Chu, pintar el techo de blanco hace que el calor se concentre en menor medida, reduciendo el nivel de la radiación. Bajo esa misma premisa es que Eduardo Gold quiere pintar la roca de los nevados, tal como se hiciera en la ciudad española de Almería con los techos de cobertizos e invernaderos.

Pero Recharte, quien ha visto cómo la agricultura rural ha ido subiendo y adaptando cultivos en tierras cada vez más altas, ganándole espacio a los nevados pero quedándose sin agua para regarlos, cree que la mejor inversión es la que se hace en la educación de la gente. “Si no se les enseña no entenderán el problema”.

Más aún, opina que si los glaciares están en retroceso, hay otras fuentes de agua que deberían cuidarse, tales como los bosques de niebla y los páramos, que tienen roles igual de importantes que estos bloques de hielo pero que no se está trabajando para conservarlos.

Salvar glaciares parece más urgente, o acaso más romántico, según los puntos de vista. Mientras tanto, los pueblos de alta montaña viven cada vez con menos agua, ven los nevados más grises, como si estuvieran enfermos, y temen la llegada de la hora en que terminen de derretirse y los sepulten.

Por si fuera poco, el agua proveniente del deshielo corre el peligro de contaminarse por las rocas mineralizadas y el polvo que viaja miles de kilómetros desde los campamentos mineros por las explosiones, lo que produciría agua ácida que mataría el ganado y los nuevos cultivos.

“Los glaciares son animales vivos que respiran y enferman”, apunta Recharte, quien me cuenta que lo nuevo es el invento de un físico cusqueño que está trabajando para hacer nieve usando nitrato de plata. Lo viejo es que nadie lo sabe. Nos estamos quedando sin hielo, pero mientras haya con qué enfriar las bebidas, la fiesta se lleva en paz.

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3 de septiembre de 2009

Fresán y el libro futuro


«Contar buenas historias
de la mejor manera posible:
Allí empieza y termina todo»,
Rodrigo Fresán (Revista Teína).


UNO
Acaba de “aparecer” el último libro de Rodrigo Fresán, ese escritor tan argentino que, tal vez por esa misma razón, es admirado por muchos y odiado por muchos más. Yo estoy entre los primeros y, aunque no he mencionado que el libro se titula “El fondo del cielo” (Mondadori 2009), creo que primero debo aclarar las comillas que adornan la palabra aparecer.

DOS
El libro de Rodrigo Fresán existe y no. Me explico: la novela figura en los catálogos de algunas librerías de España (Casa del Libro, La Central, La IE, Picasso, Celesa), con un precio sugerido de 18,90 euros e incluso ya adelantan una portada, con una ciudad bocabajo y el reino de los cielos nublando todo el margen inferior. Más nada. O muy poco.

TRES
Por lo tanto (ergo, therefore) debemos concluir que esta novela de Fresán es un fantasma. Un espectro errante que no es nuestra peor pesadilla, pero sí el sueño inmaterial de muchos que aguardábamos impacientes desde “Jardines de Kensington” (2003), o incluso desde “La velocidad de las cosas” (2002), un nuevo libro suyo.

La nueva novela de Rodrigo Fresán es un monstruo. Un mutante que cambia de apariencia de blog en blog, y que está programada, como por una computadora con sentimientos, para llegar el 16 de octubre. Las palabras “Preestreno” y “Próxima aparición” hablan de ella como si se tratara de un libro más en la saga de Harry Potter, el aprendiz de brujo.

CUATRO
El argumento (cortesía nuevamente de Casa del Libro) es este:

“Dos jóvenes unidos por el amor a otros planetas y a una chica de poderosa belleza. Alguien que nos mira y que no puede dejar de mirarnos. Una novela legendaria. La nieve, las estrellas, y esa noche definitiva en la que todo termina para que así comience la historia secreta del universo. Bienvenidos al fin de los finales del mundo”.

CINCO
La nueva novela Rodrigo Fresán es de ciencia ficción y en ella se “explora los cruces espacio-temporales, el amor como fuerza mayor que rige los destinos”. Y, aunque esto sea la más pura especulación, vuelve a uno de los paraísos literarios del autor: la obsesión por un tema, una escena, una figura, una ventana maldita por la que el escritor se arroja en un viaje digresivo y espacial.

SEIS
La nueva novela de ciencia ficción de Rodrigo Fresán es aterradora. Solo eso se puede esperar de un autor que admira, como solo puede admirar un gran lector (es decir, con las tripas) de “Matadero cinco”, de Kurt Vonnegut, “La invención de Morel”, de Adolfo Bioy Casares y “2001: Odisea en el espacio”, en la versión de Stanley Kubrick.

Y no nos olvidemos de su venerado Philip K. Dick. Ni de Bob Dylan, de los Beatles, de John Cheever, de Borges (siempre está Borges) y de Kafka y de Roberto Bolaño, por hacer una enumeración concisa de las influencias que pueblan las ciudades perdidas (Canciones Tristes) de este escritor. Ojalá él no los haya olvidado.

SIETE
Y aquí vamos parando la mano, porque una cosa es hacer ciencia ficción, como Fresán ya ha demostrado que lo puede hacer, y otra muy distinta es escribir de lo que no sabemos. Y de la nueva novela de ciencia ficción de Rodrigo Fresán, llamada “El fondo del cielo” que aparecerá en octubre próximo, con 272 páginas, sabemos tan poco como podemos llegar a saber del propio Fresán.

Amén.

Bonus track:
“Inacabable como esperamos que siga (tiene nueve libretas con ideas para nuevos libros), Fresán está trabajando en este mismo instante en “La parte inventada”, el libro después del libro futuro que esperamos como llegado en una cápsula espacial.

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"A veces el cuerpo parece un agujero y todo lo demás, las ideas, las palabras, los descubrimientos, se asemejan a las joyas, hermosas pero innecesarias".

Roberto Bolaño

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